Tempestad

 Se veían de lejos las nubes negras. De repente el cielo brillaba con rugidos inflamados, incandescentes, aparatosos, llamativos.

Me paré en el alto del cerro para ver pasar la tormenta.

Volaban casas, carros, árboles, ovejas.

Un rayo seguido de otro, separados de menos de un minuto de rugidos.

El viento comenzó a soplar fuerte a mi alrededor pero no me moví. Seguía hipnotizada por la belleza de los relámpagos lejanos, sin notar que avanzaban hacia mí.

Pasó una vaca, un caballo y dos gallinas patas arriba o girando como torbellinos, con sus huevos revolcados por el viento.

Me entró el miedo. Pero no me moví.

La furgoneta se tambaleaba y la lluvia parecía cargada de frutos secos, piedras, ladrillos, capaces de romper la carrocería.

Me aferré a lo que pude y recé dos padres nuestros.

Tras horas de tormenta, la furgoneta resistió a los latigazos inclementes del viento. Desperté en un mundo desconocido, rodeada solo de agua. 

Y yo que no aprendí nunca a nadar


Comentarios